Premios Nobel al servicio de Monsanto y Syngenta

A propósito de la carta para promover los transgénicos
06 Julio 2016

Silvia Ribeiro*

Son pocas las veces que tanta gente prominente del ámbito científico presume su ignorancia en tan corto espacio. Así es la carta pública que un centenar de ganadores del premio Nobel publicaron el 30 de junio defendiendo los transgénicos, particularmente el llamado “arroz dorado” y atacando a Greenpeace por su posición crítica a estos cultivos.  La misiva abunda en adjetivos y apelativos altisonantes, hace afirmaciones falsas y no da argumentos, por lo que parece más una diatriba propagandística de empresas de transgénicos que científicos presentando una posición.

Para empezar, el llamado arroz dorado (arroz transgénico para expresar la pro-vitamina A) que defienden con tanto énfasis, no existe. No por las críticas que le haya hecho Greenpeace y muchas otras organizaciones, sino porque sus promotores no han podido hacer una formulación viable, pese a casi 20 años de investigación y más de 100 millones de dólares invertidos. Tampoco han demostrado que tenga efecto en aportar vitamina A.

La primera versión de ese arroz transgénico con betacaroteno (GR1) fue un accidente de investigadores suizos que experimentaban otra cosa, por lo que nunca controlaron exactamente el proceso. Esa versión requería comer kilos de arroz diariamente para completar la dosis necesaria de vitamina A. Luego Syngenta compró la licencia y como propaganda donó la licencia de investigación a una fundación, de la que es miembro la Fundación Syngenta. Pero la empresa retuvo los derechos comerciales. En 2005, anunciaron la versión GR2, con más pro-vitamina. Pero no han podido demostrar que la pro-vitamina sea estable, ya que se oxida fácilmente y en poscosecha disminuye hasta 10 por ciento del contenido. Como es una manipulación genética experimental de alteración de rutas metabólicas, podría tener cambios imprevistos con potenciales efectos graves para la salud. Varios científicos han señalado los riesgos y mitos del “arroz dorado” (entre otros, D. Schubert, 2008, Michael Hansen, 2013; http://goo.gl/ChvI4Q).

Por otro lado, vegetales comunes como la zanahoria, col, espinaca y muchos tipos de quelites –hierbas comestibles comunes que acompañan la siembra campesina y las culturas culinarias tradicionales– aportan mucho más vitamina A que ese arroz, sin efectos secundarios y sin pagar a trasnacionales. Por el contrario, la agricultura industrial y de “precisión” que defienden en la carta de los Nobel, por ser plantadas en grandes monocultivos con agrotóxicos, eliminan esos quelites y también a los campesinos, desplazados y contaminados por las megaplantaciones.

La carta afirma que el hambre es por falta de alimentos, lo cual es falso: la producción mundial de alimentos sobra para todos los habitantes del planeta ahora y en el 2050.  Si existen hambrientos y desnutridos es por que no tienen tierra para producir ni pueden acceder a los alimentos. La cadena agroindustrial de alimentos –que detenta los transgénicos– desperdicia de 33 a 40 por ciento de la comida producida según datos de la FAO, lo cual alcanza para alimentar a todos los hambrientos del mundo. Además, como informa Greenpeace en su respuesta, el 75 por ciento de la tierra agrícola se usa para producir forrajes para animales en cría industrial y agrocombustibles, no alimentos. (goo.gl/e5xEwc).

La afirmación de que los transgénicos son seguros para el ambiente y la salud ha sido rebatida, con argumentos y referencias científicas, por más de 300 científicos convocados por la Red Europea de Científicos por la Responsabilidad Social y Ambiental (goo.gl/VM8i3W)

Pero quizá los más notable es que la carta no menciona que sólo seis transnacionales (en vía de volverse tres) controlan todos los agro-transgénicos en el mundo, 61 por ciento de todas las semillas comerciales y 76 por ciento del mercado global de agrotóxicos.  (http://goo.gl/QiXKAc ) ¿Cuánta falta de ética y honestidad es necesaria para ocultar que su propuesta de “agricultura de precisión” es el negocio de un puñado de transnacionales, todas con larga trayectoria de violación de derechos ambientales, humanos y a la salud?

La sombra de las transnacionales cae pesadamente sobre esta carta supuestamente “científica”. Se dicen preocupados por el hambre y los niños desnutridos en el Sur global, pero eligen presentar la carta en una conferencia de prensa en Washington, Estados Unidos, en un momento muy oportuno para favorecer a las empresas de transgénicos. En esta semana el Congreso debe votar una ley sobre etiquetado de transgénicos que quiere impedir que los estados puedan tomar decisiones en este tema. Buscan anular la norma de etiquetado que comenzó a regir desde el 1 de julio en Vermont, luego de un referendo que votó a favor de ello.

A su conferencia de prensa se impidió asistir a Greenpeace, cuyo representante fue bloqueado por Jay Byrne,  ex  jefe de comunicaciones de Monsanto, que increíblemente ¡funcionaba de portero de la conferencia! (goo.gl/i8FXDg). Lejos del “altruismo científico”, los firmantes organizadores de la carta, Richard Roberts y Phillip Sharp, son también empresarios biotecnológicos. El sitio donde publican la carta, es un espejo de otro que redirige al Genetic Literacy Project, frente de propaganda disfrazado de las trasnacionales de transgénicos y agrotóxicos. (GMWatch  goo.gl/WekAin).

Pero lo más ofensivo es su pregunta final “¿Cuánta gente pobre debe morir para considerar [la crítica a los transgénicos] un crimen contra la humanidad?” Opino que los firmantes deben ir inmediatamente a las zonas de plantaciones de soja transgénica en Paraguay, Argentina, Brasil donde hay madres que pierden embarazos y niños y trabajadores que mueren por envenenamiento o cáncer, por los agrotóxicos de los cultivos transgénicos. Eso son crímenes contra la humanidad.

* investigadora del Grupo ETC

Publicado en La Jornada, México

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